viernes, 17 de mayo de 2013

Primera parte: Draugar (III)


- A ver, a ti te interesaban las alucinaciones y esa clase de cosas, pero que no tuvieran que ver con enfermedades mentales serias ¿no?

-Ahm… ¿sí?- Sara no sabía qué contestar a eso. Realmente no acababa de acostumbrarse a su director de tesis. No había resultado ser el amargado que ella imaginaba, pero se comportaba de una forma extraña. A veces parecía muy comprometido, pero de pronto se quedaba mirando por la ventana, ignorándola, y tenía que repetirle las cosas más de dos veces para que la escuchara. Había terminado por pensar que era raro simplemente porque era francés.

- ¿Cómo, por ejemplo… un paciente que tiene visiones después de una experiencia traumática?

- Como eso, sí. –No era capaz de seguir el hilo de su razonamiento. El tema, interés y necesidades para el proyecto ya lo habían hablado el primer día. Así que esa especie de reafirmación no venía a nada.

- Pues estás de suerte. Hace un par de días, encontraron una chica en el puerto. Checa. Estaba con hipotermia y apenas podía hablar, pero parece que se encuentra mejor y que lo que dice es bastante raro.

Sara esperó. Suponía que le estaba ofreciendo visitar a la paciente, pero quería más información antes de decir nada. Gabriel tamborileaba con los dedos rechonchos sobre la mesa. Parecía que estaba esperando que dijera algo, y al final tomó aire para contestar, pero él la interrumpió.

- ¿Sabes dónde queda el hospital? –Sara negó con la cabeza. 

El hombre se levantó. Le costó levantarse de la mesa y bordearla. Andaba tambaleándose un tanto, como si no pudiera con su propio peso. Se puso una chaqueta larga y guardó las gafas en el bolsillo interior.

- Yo te llevo.

En el camino al hospital, Sara aprovechó para observar el paisaje. No tenía ni idea de por dónde estaban yendo, se sentía completamente perdida. Habían tomado la carretera principal que separaba la universidad del enorme parque con los cisnes, cuyo nombre Aislin le había dicho un par de veces pero no conseguía recordar. Y de ahí, habían llegado a una especie de autopista. A mano derecha veía casas de tres pisos, del tipo que uno suele ver en las películas, solo que no era una casa unifamiliar, sino a piso por familia. A mano izquierda, en cambio, veía los edificios de los bancos, varios hoteles y la torre de la catedral. Gabriel tomó de un volantazo una desviación a la izquierda. Así que era verdad que los islandeses conducían mal. Sara se agarró a la guantera.

- Vamos al hospital universitario. –Informó Gabriel.-La chica no era de aquí, pero con la tarjeta sanitaria europea le vale para tener la asistencia. Sólo que nos permiten echar un ojo de vez en cuando.

No se sorprendió. Otra de las cosas que le había atraído de Islandia era la calidad de su sanidad y lo accesible que esta era. Daba igual quién o de dónde fueras, era un derecho que nadie te iba a negar.

- ¿Qué más sabes de la chica? ¿Qué cosas raras dice?

- No mucho más. Dejé recado en el hospital de que me llamasen si había algún caso que pudiera interesarte y me llamaron anoche. Quieren dejar pasar un par de días y ver si se le pasa el estado de shock antes de ponerle tratamiento. Y hacerle más pruebas, claro. Creo que están buscando lesiones cerebrales por la hipotermia.

Sara se obligó a pensar rápidamente.

- ¿Y a nivel personal? ¿Qué sabes sobre ella?

- Que tiene 32 años.

- ¿Nada más?

- No.

Dio un volantazo y frenó de golpe enfrente de un edificio blanco contra el que casi choca. Sara suspiró aliviada cuando le vio salir del coche y pensó que cogería un autobús para volver, sin importar lo caro que fuera.

Salió del despacho dando un portazo. No le importaba en absoluto lo que pudiera pensar de ella, estaba harta. Por mucho que Meike tuviera treinta años más de experiencia que ella, sabía lo que estaba haciendo. Y no iba a permitir que la trataran como a una cría, ni que consideraran que no tenía suficiente capacidad de adaptación.

- Eso no encaja en las teorías de Dumézil sobre las funciones. Cámbialo. –había dicho Meike. Y Aislin estaba hasta las narices de cambiar cosas porque no se adaptasen a las teorías de otros. No estaba hablando sobre tríadas de dioses, si no sobre las creencias en dioses domésticos, espíritus ayudantes, familiares. ¿Qué tenía que ver Dumézil en ello?

Daba igual. Se tomaría tres o cuatro días libres, lejos de aquella arpía. 

Mientras tomaba esa decisión, caminaba rápido por la calle que llevaba de la universidad a su casa. Quería deshacerse por un rato de las cosas de la universidad y tirarse en la cama a leer algo mientras comía patatas fritas. Era una de las mejores formas de evasión que conocía. Más aún, se iba a dar el lujo de freír ella misma las patatas, nada de patatas de bolsa. Así, mientras las picaba, liberaba stress. Y falta le hacía.

Pasó por delante de las excavaciones del Althingi y sonrió. Por supuesto, allí sólo estaban los estudiantes y los trabajadores contratados, no podía esperar desahogarse charlando con Hákan. Aunque el extraño brazalete de bronce venía a su cabeza cada vez que pasaba por delante del sitio. ¿Qué hará un brazalete de bronce en el Althingi del s. X? 

Al final, le vencieron las ganas. Estaba rodeado con una verja, pero conocía a un par de los estudiantes. Se quedó plantada delante de la puerta cerrada con los brazos en jarras, observando los movimientos de los trabajadores. Quitaban tierra cuidadosamente, midiendo a qué profundidad cavaban para archivar perfectamente cualquier cosa que encontraran. Aislin encontraba relajante tanto el trabajo como la observación del mismo. Finalmente, alguien se levantó del suelo rojo con algo en la mano y la vio por casualidad.

- ¡Helga!- llamó Aislin a la muchacha. Apenas la conocía lo suficiente para saber su nombre. Era menuda y tímida. Tanto, que agachaba la cabeza y se ruborizaba cuando hablaba con ella. La vio sonreír.

- ¡Aislin! ¿Cómo por aquí?- La chica se acercó a ella sonriendo.

- Quería saber si Hákan estaba aquí.

- ¡Oh! No, lo siento. No creo que se pase hasta el final de la semana.

No es que le sorprendiera, sólo se había acercado como forma de evadirse.

- ¿Algo interesante?-se interesó.

- ¿Esto?-respondió Helga señalando la pieza que llevaba en la mano- No creo, algún tipo de vasija o algo. Me lo llevaré a casa y lo miraré mejor esta noche.

Aquella parte también la echaba de menos. Poder llevarse pequeños trozos de historia a casa y examinarlos a su antojo sin nadie observando su trabajo por detrás. Sólo le permitían el capricho a los que demostraban que eran capaces de manejar los restos sin contaminarlos, de forma que Helga debía ser una buena profesional debajo de toda la capa de timidez y autocompasión que mostraba. Aislin sonrió.

- Ten suerte. –se despidió. Las patatas la esperaban en casa.




No se parecía en nada a los hospitales a los que estaba acostumbrada. Para empezar, las habitaciones eran todas individuales. Pero también estaba el hecho de que las paredes estaban pintadas de azul, y el suelo era de madera. Los enfermeros trataban a los pacientes como iguales, y, a juzgar por las habitaciones atestadas de gente, no había límite en el número de visitas.

Se sintió cómoda todo el tiempo. El médico que les recibió, hablando en inglés con un marcado acento islandés, les condujo hasta la habitación de la paciente, poniéndoles al día con los datos más fisiológicos. Al parecer, salvo las pruebas para descartar daños internos, la chica estaba perfectamente. Excepto por lo que decía que le había pasado. El médico frunció el ceño al mencionar esto, como si no quisiera hablar de ello, y eso sí que sorprendió a Sara.

- ¿Qué es lo que dice que le pasó?

- Escúchalo tú misma.

Y no dijo más. Señaló con un gesto de la mano una habitación pequeña, y Sara entró en ella respirando profundamente, intentando mantener la calma. Gabriel la seguía. 

No era que nunca hubiera atendido a un paciente, ni que tuviese miedo de lo que se iba a encontrar o dudase de sus capacidades. Aunque sí que era la primera vez que tenía que atender a alguien en inglés. Agradeció que Gabriel estuviera con ella en la primera visita que hacía en Islandia.

De pronto, cayó en la cuenta de que ni siquiera había preguntado su nombre. Aquello sí que era un error de principiante. “Pero bueno” –pensó- “Puedo utilizarlo como forma de romper el hielo”. Trataba de darse ánimos a sí misma. Suspiró y levantó la mirada de sus botas para encontrarse de frente con la paciente.

La chica estaba de pie, mirando por la ventana. Vestía el camisón que le habían dado, color azul claro, y se abrazaba a sí misma con los brazos desnudos. El cabello rubio le caía sobre el rostro. 

- ¿Hola?- saludó Sara, probando el tono.

El resultado fue que la chica dio un respingo y, casi de un salto, se movió por la habitación de tal forma, que dejó el sillón entre Sara y ella. La miró de arriba abajo, como si esperase encontrar alguna prueba en su aspecto de que no era la persona que decía ser. Los ojos estaban exorbitados, pero enseguida reaccionó. Suspiró y se sentó en la silla.

- Lo siento-dijo.

Sara miró a Gabriel sorprendida. Aquella no era la actitud de una desequilibrada. Tal vez de alguien asustado, pero no de un enfermo mental.

- Soy Sara. ¿cómo te llamas?

- Angie.

- Bien, Angie, yo…. ¿sabes por qué estoy aquí?

- Me lo imagino. –la chica sonrió con desdén. Otra actitud que no esperaba.

- Y… ¿qué te imaginas?

Miró a Sara fijamente, desafiante. Parecía que hubiera pasado por eso mil veces y estuviese cansada de los rodeos. Lo que, por otra parte, era bastante posible.

- Quieres saber qué me pasó.

- Bien… sí. Quiero saber qué te pasó. ¿Qué te pasó?

- ¿Otra vez? Lo he contado ya 4 veces, ¿por qué no coges uno de los informes? Puedes elegir entre el policial, el del médico de urgencias, el del médico normal y el del psiquiatra. 4 informes. Y todos dicen lo mismo, no sé qué más quieres saber.

Sintió un ramalazo de impotencia. Miró a Gabriel en busca de ayuda, pero sólo obtuvo un encogimiento de hombros. O sea, que encima, estaba siendo puesta a prueba. Suspiró.

- A ver. No estoy buscando una contradicción, no estoy buscando descubrir que mientes. Sólo quiero… yo que sé, saber. Soy curiosa.

La chica se rió.

- Ya, claro.

- ¿Por qué piensas que creo que mientes?

- Porque nadie me dice nada de Janet. 

Sara volvió a mirar a Gabriel. Tenía el ceño fruncido, lo que seguramente significaba que aquel dato era tan nuevo para él como para ella.

- Ah… ¿quién es Janet?

Ahora sí que la muchacha internada parecía desconcertada. Jugueteó un momento con el camisón.

- ¿Nadie te ha hablado de Janet?

- No… ¿quién es?

- ¡Mi novia! Y creo que está muerta, joder.

- Ah… yo…no lo sabía, lo siento. ¿Puedes… explicarme qué pasó? Intentaré ayudarte.

- La han matado

- ¿Quién la ha matado? ¿qué pasó?

- Vinimos al desfile del orgullo ¿vale? Y nos gustó mucho. Así que decidimos quedarnos un mes más, ver la isla, conocer la zona, ya sabes. Hacer turismo. Cuando… pasó, era nuestra última noche aquí. 

- ¿Qué… pasó?- Sara sentía miedo. 

No sabía exactamente porqué, pero aquello no era simplemente el relato de una alucinación. Angie parecía muy consciente de dónde estaba y de lo que estaba diciendo. Y con cada palabra que decía, Sara podía sentir que se le erizaba el vello de la nuca. Había oído relatos increíbles y había presenciado ataques de histeria o arrebatos que le habían impresionado profundamente en otros pacientes, mientras hacía el MIR… pero nada tan aterrador como la forma lógica y serena de hablar que la muchacha que tenía delante presentaba.

- Estábamos en el puerto. Queríamos ver las estrellas y esas cosas, Janet era muy romántica. Y, entonces… entonces… algo pasó. Estábamos a la altura del barco y oímos gente que venía detrás de nosotros, como es bastante normal, no nos preocupamos, pero… algo saltó sobre Janet. Grité cuando vi la sangre y cuando la cabeza hizo un giro raro. Me miraba con las cuencas salidas y supe que estaba muerta. Pero había mucha sangre, por el cuello y por el pecho. Y eso la tenía agarrada aún cuando saltó sobre mí. Sé que grité y grité, pero no recuerdo más que que dos días después me desperté aquí y me cosieron a preguntas.

- Pero… y… ¿Janet?

No consiguió más que un encogimiento de hombros y un gesto cansado. Supuso que era una idea que le había hecho llorar tan a menudo, que se había quedado sin lágrimas para Janet. También le pareció injusto que nadie le hubiera avisado de la existencia de esa chica. 

Suspiró. Tenía suficiente información. Entendía a qué clase de alucinación post traumática se referían. A veces, como mecanismo de defensa, la mente se negaba a recordar algo demasiado horrible. Entonces, creaba una fabulación que lo sustituyera. Supuso que Angie había sido violada y que el mismo violador había hecho algo con Janet. Posiblemente matarla. Incluso se planteó la posibilidad de que Angie hubiera matado a Janet y hubiera intentado suicidarse. Que el arrepentimiento fuera tan doloroso que su mente creó esa historia. Y de pronto se dio cuenta de que esa era, posiblemente, la opción más barajada.

Miró a Angie con nuevos ojos. Realmente nunca se había enfrentado a algo así.

- Creo… que mejor seguimos mañana ¿vale?

Angie asintió, claramente agradecida. Y después de ver marchar a su nueva psiquiatra, se acostó. Contar aquello sin llorar, sin demostrar ninguna debilidad, le costaba muchísimo, y la dejaba agotada. Pero tenía que fingir entereza. Sabía lo que pensaban de ella. Sabía que pensaban que era una alucinación, así que evitaba cualquier manifestación de sentimientos exagerada, trataba de mantener la calma en lo posible y ser tan fiel a sus recuerdos como pudiera. Lo único que quería era que alguien llegase a la conclusión de que lo importante era buscar a Janet. En el fondo de su ser, confiaba en que fuera una alucinación. Porque asumir que fue real, era asumir demasiadas cosas para las que su mente racional no estaba preparada. A fin de cuentas, ella también era psiquiatra.

jueves, 16 de mayo de 2013

Primera Parte: Draugar (II)


Las olas saltaban por encima del rompeolas, salpicando a los caminantes. Había marejada, y los pescadores se arremolinaban en el puerto, refunfuñando por lo difícil que se presentaba la noche.

En realidad, muchos de los patrones preferían salir con mal tiempo a perder una noche. Algunos, incluso, se arriesgaban con tormentas o al principio del invierno. Era peligroso. Muchos barcos habían sucumbido a la tormenta y no solían encontrarse más que trozos del naufragio. Rara vez se recuperaban los cadáveres. Pero aquellos hombres estaban acostumbrados a ese tipo de riesgo, y sabían que, en el peor de los casos, sus mujeres recibirían una buena pensión de viudedad y sus hijos tendrían un fondo de dinero para subsistir hasta ganarse la vida por sí mismos. Se trataba simplemente de un pensamiento práctico.

De manera que cuando uno de los patrones llamó a embarque aunque no era aún más que media tarde, nadie se sorprendió. Muy al contrario, se apresuraron a sacar las cajas que aún quedaban en el barco de la captura del día anterior para que los mozos del puerto los llevaran al mercado.

Los trabajadores que llevaban las cajas de pescado al mercado solían ser adolescentes sacándose unas coronas extras después de las clases. No tenían demasiada fuerza ni experiencia, y muchos no aguantaban demasiado en el puesto. Los pescadores habían aprendido a tener paciencia con ellos, así que nadie gritó demasiado cuando uno de los nuevos resbaló por la rampa y dejó caer una de las cajas, ya vacía, en el agua.

Se acercó a por ella, pero no la cogió.

- Venga, chaval.-reclamó un pescador. –Hay que acabar esto hoy.

- Pero…

- Pero ¿qué? ¿Has visto un fantasma?

El pescador se acercó al muchacho y sacó la caja del agua sin complicarse. Pero el chico no se movió.

-¿Qué coño te pasa?

-Las rocas… hay alguien ahí.

-¿En las rocas? ¿Estás drogado?

Giró la cabeza con un movimiento brusco para mirar brevemente a las rocas, como para desechar la idea. Y entonces, él también lo vio.

-¡Joder! ¡Tíos, dejad eso! ¡Hay una tía entre las rocas!

El patrón se adelantó a los demás. No quería perder un día de pesca, el invierno estaba cerca y tendrían que quedarse en tierra. Pero cuando llegó a la altura de la rampa, se olvidó de todo. Entre las rocas, en un lugar inaccesible andando, había una mujer. No podía distinguir más que el pelo rubio sobre el rostro. Sólo podía haber llegado allí desde el agua. Y para llegar allí desde el agua, tendría que estar muerta, pero la chica se movía, se le veía temblar, incluso hacerles gestos. No hablaba, no gritaba pidiendo ayuda, solo lo hacía con las manos. Parecía estar congelándose.

Sacó el teléfono para llamar a emergencias y suspiró. Ya había renunciado a las capturas de aquella noche.

Primera parte: Draugur. (I)


Estuvo más de media hora en la ducha, dejando que el agua caliente cayese por encima de ella. Normalmente estaba en la ducha lo mínimo indispensable, porque no le gustaba el olor a azufre que acompañaba al agua caliente de Islandia. Pero el calor era agradable y lo necesitaba después de la mala noche que había pasado. Dormía mal desde que había llegado allí, eran ya tres noches de pesadillas y despertares antes de tiempo. Lo había asociado al jet lag al principio, pero sólo había dos horas de diferencia entre su casa e Islandia, así que no podía ser eso, al menos no tanto tiempo. Quizás el frío, las pocas horas de oscuridad, el echar de menos su hogar, su gente.


El pensamiento le hizo entristecer. Había elegido hacer la investigación para el doctorado en Islandia porque era un país donde la ciencia psiquiátrica estaba muy desarrollada, y las enfermedades mentales, bien tratadas y descritas. Quería especializarse en alucinaciones debidas al stress, intentar buscar un patrón entre ellas y las que se debían a la esquizofrenia y otras enfermedades en que los procesos alucinatorios fueran síntoma común, e Islandia tenía no solo un buen equipo de investigación al respecto, sino un índice de enfermos suficientemente alto como para poder estudiarlos en persona. Y al principio la idea le había gustado: le permitía vivir fuera de la casa de sus padres por primera vez, lo que era una gran liberación, pues se sentía incómoda e inútil viviendo con ellos con casi 25 años. Pero luego, a medida que la fecha de partida se acercaba, se dio cuenta de que aquello significaba también dejar atrás por un tiempo a sus amigos, a su novio y a todo lo que había conocido durante toda su vida. Aún así, no dio marcha atrás, era una buena oportunidad y no quiso desaprovecharla.


Salió del cuarto de baño cabizbaja, dándose un tiempo para vestirse. Sólo se había llevado una maleta, de forma que no le costó elegir la ropa. Tardó porque no le apetecía encontrarse con nadie ese día, y sabía que el encuentro era inevitable. Suspiró y fue a la cocina.


- Hey, Sara –saludó Aislin, su compañera de piso.- Acabo de hacer café, está en la cafetera, al lado del frigorífico. ¿Puedes traerla?


- Claro, sí.


Sara cogió la cafetera y una taza y se sentó a la mesa con Aislin. Se sirvió una taza de café sólo y le echó cuatro cucharadas de azúcar. Luego le dio un trago largo, y lo acompañó con un mordisco a una rosquilla de chocolate.


Sara sonrió. Su compañera no era en absoluto lo que se puede decir “femenina”. O al menos, no lo que uno suele esperar de una mujer de 30 años: comía como un niño consentido, vestía con vaqueros, camisetas y zapatillas, sin preocuparse demasiado de su aspecto. Era soltera y no se preocupaba tampoco por cambiar esto, y vivía en un ático de dos habitaciones, una de las cuales alquilaba a estudiantes de intercambio, o al menos así se lo había contado el primer día, cuando la escogió como compañera. También le había contado que había ido a Islandia para estudiar historia y se había quedado allí después del primer doctorado, cuando le habían ofrecido una beca en el departamento de folklore. En esos momentos, estudiaba para su segundo doctorado en esta especialidad.


El aspecto general que daba era de una persona muy inteligente, que vivía en su propio mundo y que había quedado anclada de alguna manera, tanto física como psíquicamente, en la adolescencia.


Sara tenía una tendencia natural a la observación, sobre todo a la observación de las personas. Alguna vez había discutido con sus amigos porque siempre tenían la sensación de que las estaba “analizando”. Quizás era cierto, pero no lo hacía de forma consciente. Simplemente necesitaba comprender los motivos detrás de las acciones de la gente y preguntaba, tal vez sin mucho tacto, lo que para ello se le pasaba por la cabeza. A lo largo de los años había aprendido a controlarse, así que guardó silencio en vez de preguntar directamente por los motivos que llevaban a una mujer joven y agradable a dejar de lado su hogar e instalarse en una isla para vivir aislada de todo y alquilando habitaciones a extranjeros desconocidos.


- ¿Tienes clase hoy?-preguntó Aislin.


-   Si… -No terminó la frase. Sara tenía otro defecto, aparte de ser demasiado metomentodo. Era orgullosa y autosuficiente, y le escocía reconocer que ni siquiera sabía dónde estaba la universidad o cómo llegar a ella desde allí.


-   ¿Sabes llegar a la universidad?


Miró a la irlandesa con sorpresa. Parecía que le había leído el pensamiento. Negó con la cabeza con suavidad.


- Me hago cargo. Vamos, desde aquí se llega andando.


Y simplemente se levantó, se puso una chaqueta de lana, y volvió a sentarse, esperando que ella terminase de desayunar. Aliviada por no tener que haber pedido el favor, Sara dio un trago a su café y la siguió.



- ¿Vamos andado de verdad?- preguntó Sara con sorpresa, después de tres o cuatro calles de casas de tres pisos, calles peatonales y tejados a dos aguas que le parecían, como poco, pintorescas.


- Claro. Los buses son muy caros como para usarlos por un cuarto de hora andado. Al menos, en verano. Cuando llega el invierno, te congelas al salir a la calle y no ves la luz del sol, ya es cuestión de gustos. ¿Tú no vas andando a los sitios?


- Vivo en una ciudad, no puedes ir andando a los sitios en una ciudad. Es estresante y una pérdida de tiempo. Normalmente, coges el metro y ya está.


- Reykjavík no es esa clase de ciudades. Es como un pueblo… pero muy grande y disperso.


Siguieron caminando en silencio. Pasaron una plaza en la que había puestos de perritos calientes y hamburguesas enfrente de una oficina de turismo, y graffitis en el suelo. Un poste en una esquina indicaba las direcciones a diferentes calles, museos y localizaciones. No tenía ni la menor idea de por dónde se estaba moviendo. Lo único que había visto era el aeropuerto, la estación de buses, la casa donde vivía y el puerto. No había tenido tiempo de más. Se limitó a seguir a Aislin, sintiéndose agradecida por su guía, pensando en hacerse con un plano y aprenderse al menos las calles de aquella zona para poder moverse por su cuenta.


Dejaron a su izquierda un enorme parque con un lago lleno de cisnes que apuntó como nota mental para visitar, y tomaron una calle larga. A mano derecha había casas individuales con jardines bien cuidados en los que los dueños ponían estatuas, farolillos, columpios y velas.


Sara sintió un escalofrío, una especie de mal presentimiento. Le resultaba familiar, aunque nunca había estado en aquella parte de la ciudad. No había estado en ninguna parte de la ciudad.


Aislin la sacó de sus pensamientos señalando enfrente en el camino.


- Igual te parece un poco siniestro, pero en Islandia hay tan pocas opciones de tener bosques que ponen jardines botánicos por todas partes, y el bosque más grande que puedes encontrar por aquí es Hálavallagardur.


- ¿Es qué?


La chica rió.


- ¡El cementerio!


Sólo entonces se dio cuenta.  Era el mismo cementerio con el que había soñado la noche anterior, un bosque que parecía familiar pero que no lo era. Supuso que en algún momento captaría algún retazo de conversación en alguna parte, mientras se mudaba. Tal vez en la oficina de turismo, cuando fue a llamar a su novio desde el teléfono público. A pesar de que esto le vino deprisa a la cabeza, por un instante le recorrió un escalofrío y se detuvo.


-         ¿Qué pasa?


-          Nada, yo… Nunca había visto un cementerio en un bosque.


-   Ya. Es que en realidad no era un bosque. En Escandinavia es bastante corriente que los cementerios tengan una especie de jardín o algo así. Como aquí no crecen bosques, lo intentaron poblar con árboles de todo tipo, pero al final, se les fue de las manos. Pasó por tres o cuatro arquitectos y jardineros, y ahora es una atracción turística. Oh, bueno, y de los colegios y así, tiene gente famosa enterrada ahí dentro.


Sara siguió andando y dejó de escuchar las palabras de Aislin, que seguía parloteando sobre la gente que estaba enterrada en ese cementerio. No tardaron ni diez minutos en llegar a la universidad, y hubieran tardado menos si entre el cementerio y la universidad no hubiera una rotonda sin semáforos que se llenaba en hora punta.


La universidad de Islandia tenía las facultades principales divididas en varias áreas de la ciudad. En aquella zona estaba la biblioteca, el edificio principal, el de oficinas y varias facultades más, entre ellas, las de ciencias sociales.


Fueron juntas hasta la cafetería.


-         ¿Dónde vas? –preguntó Aislin.


-         Al despacho 239, de… Oddi.


-         Si, llegas a Oddi, bajando esas escaleras y siguiendo el pasillo. Te veo luego.


Vio cómo su compañera se iba justo en la dirección opuesta y suspiró. Bajó las escaleras. Daban a un pasillo largo, acristalado y subterráneo, que llevaba a otro edificio. Trató de imaginarse cómo sería eso en invierno, si realmente la red de túneles bajo tierra para ir de un edificio a otro era necesaria. Sólo pensar en la nieve cubriendo los cristales le hizo tiritar. Era del sur, lo único que le gustaba de la nieve era verla por la ventana. O en la tele. En la tele, todo quedaba bien.


Pasó de largo las salas de estudio para los estudiantes, enormes espacios circulares con mesas independientes que resguardaban la intimidad de lo que estaban haciendo, y subió una amplia escalera de caracol hasta el tercer piso. Los colores azul y blanco de las paredes le hacían estar más tranquila a medida que avanzaba hacia el pasillo para encontrarse con el que sería su director de tesis. Sentía un profundo temor… había intercambiado varios emails con él, y le parecía un hombre frío y distante. Suponía que era el típico catedrático que dirige tesis sólo por el sueldo, y tenía miedo de tener que buscarse la vida ella sola igual que había hecho en España hasta entonces.


Finalmente vio una puerta entreabierta con el número 239 y el nombre Gabriel Marchant escrito debajo.

Suspiró con fuerza y llamó a la puerta.




Más o menos al mismo tiempo, Aislin esperaba en la entrada de una sala de reuniones. Había quedado allí con su directora de tesis, pero aún había un grupo dentro, y Meike no había llegado todavía. Se entretuvo revisando lo que había llevado para la reunión, los avances que había hecho. Sabía perfectamente que tenía lo necesario, pero se aburría. Miró por encima los papeles un par de veces, y dejó que su mente divagara al azar.


Pudo captar un par de retazos de conversación de la reunión. Reconoció la voz de Hákan, que había sido su profesor cuando estudiaba historia. Sintió nostalgia por un momento. Le gustaba el folklore, pero le parecía que las teorías establecidas eran demasiado rígidas, y ella tenía una mente muy creativa. Cuando trabajaba con Hákan, pasó un par de meses en las excavaciones del Althingi, trabajando al aire libre incluso bajo la nieve. Le gustaba la nieve, le encendía la imaginación. Y con cada pequeño detalle que desenterraban, podía fantasear con los tiempos en los que ese objeto estaba nuevo, la forma en que se empleaba, las gentes que lo utilizaban, el frío, el ambiente. Era una especie de defecto, el poder unir cosas que los demás veían como independientes y crear algo de ello. Relaciones entre las cosas que a mucha gente le costaba años asociar, sacar conclusiones rápidas. 


Pero aunque era un defecto a la hora de tratar con la gente, en el mundo académico le había abierto muchas puertas. Era fácil trabajar con ella, aunque de alguna manera siempre acababa llevando la voz de mando y hacía que muchos se pusieran nerviosos.


Aislin sonrió al pensar en ello. Le daba un poco igual lo que pensaran de ella mientras nadie le diera problemas para hacer lo que quisiera.


Y mucha gente lo hacía. Meike, por ejemplo. Estaba empeñada en que tenía que utilizar la comparación para todo, forzar asociaciones y patrones de pensamiento que no estaban ahí. Ella estaba totalmente en contra de la creencia en universales de ningún tipo, algo de lo que Meike era una ferviente seguidora. Así que, cada vez que tenía que reunirse con ella, añoraba profundamente lo cómodo de trabajar con Hákan, que siempre agradecía sus aportaciones por muy fuera de lugar que estuvieran. “Y si se prueba incorrecta, sólo úsala para escribir un libro de ficción”, solía decir.


Casi como si se tratara de una invocación, se oyeron aplausos en la sala de reuniones y Hákan salió al pasillo.


- ¿Estabas esperando? Nos hemos alargado más de lo previsto. –se disculpó sin mirarla, mientras se colocaba la mochila.


- No  importa.


Entonces la miró. Hacía mucho tiempo que había dejado de ser joven, y tapaba la calvicie usando un sombrero. Era alto, tanto que hacía que Aislin tuviera que mirar hacia arriba para verle la cara, y, pese a su edad y su cargo, solía vestir en el mismo estilo que sus alumnos.


- Aislin.-dijo a modo de reconocimiento- Te hemos echado de menos en las excavaciones.


Hablaron un par de minutos sobre intrascendencias, pero pronto la  conversación giró hacia temas de la excavación.


- ¿Un brazalete?-se sorprendió Aislin.


- Si, un brazalete. Además, parece anterior al tiempo de la colonización, es de bronce.


-Vaya. Eso es…


- Si sacas un hueco, pásate a echarle un ojo.


La sala de reuniones ya estaba vacía. Hákan pareció entender aquello como el fin de la conversación. Inclinó la cabeza en señal de despedida y siguió su camino, sin dar a Aislin tiempo de hacer más preguntas.